lunes, 4 de agosto de 2008

Ricardo Della Schiava

Hay pocos referentes; lo absoluto se transforma a relativo en la medida de las exigencias. Un arquetipo se transforma en mito en la inexistencia de lo absoluto... hasta que ocurre lo contrario y se rompen las limitaciones cientificistas que pretenden seguir la linealidad de las cosas, cuando en realidad lo verdaderamente científico apunta a la esencia, a lo no lineal.

El mito se hace carne y el héroe se hace visible...

Adentrémonos en lo que raya el colmo del escepticismo...:


En estos días de profunda borrasca que golpea a las puertas de nuestra consciencia, de nuestro entendimiento y en lo que parece estar todo perdido, sobreviene su contraste, su aliciente, la fuerza y luz que nos guía como un faro en las obscuridades de nuestra ruina, en esas callejuelas estrechas y angostas que parecen querer ahogarnos; en medio de todo eso, de lo adverso, surge la luz y la voz guía, el aliciente, como decíamos recién, y el ánimo poderoso para cargarnos de valor y seguir adelante contra la furia desatada la que no cesa nunca, en momento alguno, pero que se ve forzada a menguar en su ímpetu asolador ante injerencia opuesta en igual o mayor grado de vehemencia a la que se ve, ahora ella, interpuesta. Sólo un brazo poderoso puede derribar obstáculos invencibles; sólo un brazo impulsado por corazón de fuego vivo puede abrirse paso en medio del hielo glacial que ahoga toda esperanza; sólo un atleta, un guerrero encarnecido, puede trabar combate con fuerza tan numerosa y no ceder un ápice, un palmo, sino avanzar y avanzar y erguirse victorioso y triunfante que resplandece y nos ilumina llevándonos como fiel guía avizor en medio de la profunda obscuridad de la noche en la lejanía de la templanza de nuestros espíritus. Gracias a ese atleta, a ese espíritu templado de manera increíble, a ese hombre-héroe, pues un héroe no es más que un hombre aunque hombre casi mítico, que se ha plantado en lo más alto de los riscos y con su luz a cada instante más potente capaz de irradiar hacia los sitios más lejanos y obscuros como el nuestro; gracias a este ser especial en que nos gratifica la vida, la que parece implacable; gracias a este hombre aguerrido de potencia resplandeciente podemos continuar camino, encontrar el sur habiendo perdido nuestra brújula en medio de tantas tempestades que no cesan y nos hacen tambalear.

Ese hombre, ese contraste que hace frente a la borrasca atropelladora, la que no pareciera ser franqueable, hace tornar a ésta como simple escollo, como simple piedrecilla que, favorecida por el intempestío y la cruda obscuridad de la noche en que surcamos, aparece y pretende dar sensación de muralla límite. Esta luz, ese hombre-héroe, ahora nos permite maniobrar con tranquilidad absoluta y seguridad plena con la garantía de su hazaña, de su valor que lo ha desplegado todo y nadie puede negárselo. Tal así, esta garantía, es como si tendiera una mano, un brazo poderoso, para llevarnos a buen puerto incluso en medio de la turbulencia la que no se va nunca: he ahí el porqué se torna a cada instante más heroico, más triunfante; sus músculos ya se encuentran adaptados a la tensión continua y no afloja. Una muralla es algo estacionario, quieto, frío, parapetado en un lugar con un grado de resistencia fijo; pasado ese grado de resistencia por una fuerza mayor, la muralla se derrumba porque no otorga ya oposición, no puede, no es carne, es tan solo un promontorio que se derrumba. En cambio el héroe, ese faro lleno de vida y de luz que descubre los senderos perdidos y hace ver la real semblante de las trabas, es una resistencia constante que no cede, que no se agita pero sí ruge, truena y da grandes voces como relámpagos que golpean y abaten las tinieblas haciéndolas retroceder y que la fuerza del impacto de las ondas del trueno de su voz agrietan esas murallas presentes y que nos cierran el paso; ahora se agrietan ante el huracán de su voz para nosotros derrumbarlas, no sin mucho trabajo, y seguir camino del que ya podemos ver claro y el funcionamiento de los instrumentos se han reestablecido entrenándonos así en nuestros músculos, muy flacos por cierto, y en nuestros espíritus casi hundidos.

La claridad surge, se hace la luz, la brisa cálida de una mañana venturosa nos acaricia ante nuestro paso. Ya es día, el sol nos ilumina a pleno permitiéndonos ver el fondo de las aguas las que se tornaron límpidas y transparentes, ofreciéndonos a la vista toda su vida interior: sus peces, su oxígeno, sus algas de variado colorido nos bañan en dulcísima exquisitez reconstruyendo nuestro corazón destruido. Ha amanecido por fin; esta mañana que todo lo ilumina sin dejar sombra nos da calor y tranquilidad; el cielo está despejado pudiéndose ver hasta el infinito así como al fondo de las aguas uniéndose a todo esto una sensación de triunfo, de alegría, de libertad en nuestros corazones, de libre respiración y expansión a nuestras emociones. Vamos surcando tranquilamente rodeados de hermoso canto y belleza; cerramos los ojos pero permanecen abiertos porque esa luz llega hasta lo más hondo de nuestra alma. Luz que llega, imagen que se ve. Cerrando los ojos seguimos teniéndolos abiertos y nos es imposible más dicha, dicha dada por nuestra condición humana pues seguimos teniendo peso, de ahí el que surquemos. Estamos contentos, es increíble nuestra alegría: es todo maravilloso y reconfortante. Este brillante día que se abre como eterno amanecer es esa luz que proviene del faro de ese héroe gigantesco que se sostiene en la cúspide iluminándonos con esa luz que nos provee con tan desinteresada generosidad a nosotros, que tanto la necesitamos.

Así que ya cuando nos creíamos en un amanecer continuo, no es sino que estamos bajo el amparo de nuestro guía, de esa tensión continua que no cede y triunfa y en su triunfo resplandece tendiéndonos su brazo protector, a nosotros simples principiantes. Así estamos y nos sentimos contentos y plenos sintiendo ya a principiar nuestra propia tensión. Así es simplemente don Ricardo, así como he intentado describiros; don Ricardo, o simplemente “el chueco”, que en su semblante pareciera tan solo un hombre, es en sí todo eso e incluso más porque tal caudal guarda en su interior que no alcanzaría miles de profundas y detalladas observaciones para dar siquiera con una pequeñísima parte de tal coloso y ser exacto en la expresión.

Don Ricardo es un punto de referencia en la inmensidad, siempre se mantiene incólume, intachable, no se vende, no se desvirtúa. Esa es la grandeza de esos pocos seres humanos a los que llamamos héroes, e inclusive la de rebelarse en las más adversas condiciones físicas de las que todos somos propensos, pues esos héroes son también de carne y hueso y no inmortales. Tal héroe: tal historia, y quizás más adelante, con el permiso de “el chueco”, podamos dar a conocerla.
Eduardo Javier Argañaraz
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Esta carta fue publicada en el diario El Ancasti el día 10 de marzo del 2.008

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